DIOS ESTABLECE A SAÚL COMO REY
PALABRA/ 1 SAMUEL 8:1-12:25
V. CLAVE/ I SAMUEL 12:13
“Ahora, pues, he aquí el rey que habéis elegido, el cual pedisteis; ya veis que Jehová ha puesto rey sobre vosotros.”
Generalmente, los niños maleducados quieren que se haga con ellos conforme sus deseos; lloran, patalean, se encaprichan con una idea hasta que los padres ceden. Meditando en este pasaje, no pude dejar de pensar en el pueblo de Israel como un niño necio y caprichoso; como aquel niño que pide comer 2 litros de helado, y luego tiene dolor de estómago toda la noche por causa de todo lo que comió sin cuidado; o en la niña que se moja en la tormenta desobedeciendo a sus padres, y termina con un terrible resfriado que le dura 3 días.
Las acciones que realizamos o, las peticiones que le hacemos al Señor apoyados en nuestra propia idea o deleite y que no están fundadas en la palabra de Dios, o más aún, que sabemos que son contrarias a Sus mandatos y Su voluntad, terminarán volcándose contra nosotros en decepción, dolor, problemas, estorbando nuestra vida espiritual y, lo más importante, separándonos de nuestro amado Padre Celestial.
Hoy, Dios quiere purificar la vida de sus amados que habitan en Guadalajara. El Señor quiere que examinemos los deseos de nuestro corazón, nuestras peticiones y nuestras acciones.
Oro para nuestros deseos sean puros y legítimos delante de Dios, y que nos arrepintamos de aquellos que no lo son, entregándolos con humildad a Jesús para que sean purificados, cambiando la dirección de nuestros esfuerzos para cumplirlos. Que Señor nos ayude a aceptar esta palabra. Amén.
Primera parte, Danos un rey.
En esta academia hemos estudiado quién era Samuel, cómo llegó a ser un siervo aprobado de Dios desde su niñez y que no dejó caer ninguna de las palabras de Dios en toda su vida.
Veamos el versículo 1 del cap. 8. “Aconteció que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos por jueces sobre Israel.” Samuel ya era un hombre anciano. Él trabajó toda su vida, desde su niñez para el Señor, y quiso heredar a sus hijos el ministerio que Dios le encargó. Pero sus hijos no sirvieron a Dios y al pueblo como lo hizo su padre, sino que se corrompieron y se hicieron avaros. Seguramente hasta empezarían a cobrar honorarios por los sacrificios para salvación, o privilegiaban a los ricos para efectuar sus sacrificios, claro, cobrándoles primeramente “una mochada”.
No sabemos exactamente cuál fue el pecado de corrupción de estos jóvenes; lo que sí sabemos es que los líderes de Israel aprovecharon esta situación para presentar una petición a Samuel y a Jehová Dios.
Leamos juntos los versículos 4 y 5 “Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones.”
A Samuel no le agradó ni un poquito esta petición, y oró a Dios. Veamos qué dijo Dios en los versículos 7 y 8 “Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo.”
Aquí, Dios descubrió las intenciones del corazón del pueblo; el pueblo no estaba desechando a Samuel solamente; realmente lo que estaba pidiendo era otro rey a quién servir, que no fuese Jehová Dios.
Este pueblo pidió entregar todo lo que tenía y lo que Dios estuvo haciendo muchos años en su vida y la vida de sus antepasados, a un hombre, una persona que, aunque fuese puesta por Dios, finalmente sería alguien imperfecto que, en un día o en algún momento, velaría más por sus intereses personales que por el bienestar de su pueblo. No hay punto de comparación entre ser reinado por Jehová Dios o por un hombre.
¿Por qué Israel pediría un rey, cuando Dios mismo era su rey? Los hombres queremos confiar en las cosas que parecen darnos seguridad, cosas visibles. Confiamos en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestros amigos, en el dinero, en la posición social, en el amor de otras personas, cuando ninguna de estas cosas pueden asegurar nuestra vida por un solo instante; sólo el Dios invisible puede darnos 100% de seguridad en esta vida, y en la vida eterna.
Dice la palabra en Mateo 6:19 “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan”. En manos de las demás personas, es el peor lugar en el que podemos confiar nuestra vida. Veamos la situación actual del país. En México, la brecha entre los pobres y los ricos-poderosos es cada vez más amplia; la gente con necesidades se hace cada vez más necesitada y numerosa. Nos quejamos de los políticos, que no se dan cuenta de nuestras necesidades, que sólo están pensando en su propio beneficio, etc., etc. Y es cierto. El hombre que no tiene amor de Dios en su corazón, tiende a ver por sí mismo, y olvidarse de los demás.
Segunda parte, El pueblo de Dios llamado a ser Nación Santa
¿Cómo fue la vida del pueblo de Israel cuando Dios fue su único rey? Cuando clamaron a Dios, Él los sacó de Egipto con mano fuerte, obrando grandes milagros y efectuando su juicio contra el pueblo egipcio. En el desierto, Dios los protegió del clima y derrotó a sus enemigos; cuando tuvieron sed, Dios los sustentó dándoles agua incluso de las rocas; cuando tuvieron hambre, les dio maná del cielo y codornices; cuando llegaron a la tierra prometida, Dios peleó sus batallas y les dio “casas llenas de todo bien, que no llenaron, y cisternas cavadas que no cavaron, viñas y olivares que no plantaron” Deu 6:11.
Y cuando ellos se fueron el pos de otros dioses, Dios les entregó a sus enemigos; pero cuando se arrepintieron y volvieron a Dios, Él les levantó jueces para pelear y vencer sus batallas.
Parecería que toda esta parte de la historia fue olvidada por el pueblo de Israel.
Ellos también olvidaron el propósito al ser llamados por Dios. En éxodo 19:5-6(a) Jehová Dios les dijo: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa.” Dios estableció a ese pueblo como su “especial tesoro”, con la misión de ser un “reino de sacerdotes y gente santa” para todas las naciones de la tierra. Ellos lucharían las batallas de Dios contra sus enemigos, ellos serían testimonio vivo de lo que Dios hace con los pueblos que le aman y le obedecen, ellos anunciarían al mundo la salvación de Dios por medio de Jesucristo.
Pero en lugar de todo lo anterior, el pueblo, aun cuando fue advertido por boca de Samuel acerca de toda la afrenta que Jehová Dios sabía que llegaría a tener al establecérsele un rey, se aferró a tener un rey, diciendo en los versículos 19b-20: “No, sino que habrá rey sobre nosotros; y nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras.”
¿Cómo debemos vivir en este tiempo como pueblo de Dios? Mirando a Israel, primero debemos tener confianza en la vida que Jehová Dios nos ofrece.
El pueblo quería ser “como todas las naciones”; nosotros sabemos que “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” Hch 4:14 Sólo la sangre de Jesucristo es efectiva para salvarnos, limpiándonos del pecado.
Si llegamos a ser “como todas las naciones”, como los hombres y mujeres que no conocen a Jehová Dios ni le siguen, tal vez lleguemos a tener los deleites temporales que ellos tienen, pero perderemos el propósito precioso de nuestras vidas y padeceremos también todas las afrentas que ellos padecen, de las cuales Dios nos libra y nos protege con mano poderosa. Lo peor de todo, es que irremediablemente caeremos en pecados y lejos de Jesús no hay remisión; moriremos culpables de nuestros pecados sin tener acceso al reino celestial.
Por ello, también nos es necesario examinar detenidamente si hay otros reyes en nuestra vida o en nuestro corazón: alguna persona, cosa o ideal además de Dios a quien le tengamos fidelidad absoluta, que deseemos tanto que nos haga dudar si el camino de la cruz es el camino verdadero y eterno; en donde depositemos nuestras esperanzas de vida, esa cosa a la que no podríamos renunciar si Dios nos la pidiera. Recordemos a Abraham, que fue capaz aún de renunciar a su hijo unigénito, diciendo “Dios proveerá” cuando Dios lo probó para ver si había algo más importante que Él en su corazón.
Si hay algo de eso, debemos arrepentirnos y quitarlo rápidamente, recordando nuestra historia de salvación en Dios, sabiendo que Dios es fiel y verdadero para cumplir todas sus promesas, en esta tierra y en el reino eterno.
Luego, debemos entregar los frutos espirituales al Señor, “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” Gal 5:22b-23a. Estos son los frutos del Espíritu Santo, por lo que vienen cuando el Espíritu se manifiesta en nosotros. Para ello, debemos llenar nuestra vida espiritual. Una vez más vivir unidos al Señor, por medio de la oración, la meditación en la palabra y la obediencia a las ordenanzas de Jehová Dios. Esto es, reconocer a Jehová Dios como el Rey en mi vida.
Como “reino de sacerdotes y nación de gente santa”, también debemos dar de gracia lo que de gracia hemos recibido. Este llamado que Dios nos ha dado es para que otros vengan al conocimiento de la verdad y sean salvados por Jesús. Esto es, cumplir la misión para la que fuimos creados.
Si hacemos estas cosas, tendremos una vida satisfactoria, hermosa, bendecida, limpia de pecados, con muchos cambios, porque cada vez estará siendo perfeccionada en las manos del Alfarero.
Oro para que todos los que estamos presentes, entreguemos otros reyes de nuestra vida y corazón al Señor con arrepentimiento, y vivamos una vida limpia, hermosa y bendecida en comunión con nuestro Padre Celestial, cumpliendo Su propósito, siendo un “reino de sacerdotes y nación de gente santa para todas las naciones de la tierra.” Amén.
Cuando el pueblo se aferró a esta petición, Dios los escuchó. Él estableció al Rey Saúl, de la tribu de Benjamín, hombre hermoso y con preciosas cualidades, que los llevó a la victoria en ese momento de angustia, frente a una lucha con los amonitas.
Después de establecer al Rey Saúl, Samuel habló un discurso de despedida frente al pueblo de Israel. En el discurso, primero preguntó públicamente si en algo había agraviado a alguno, o tomado algo de mano de algún hombre, prometiendo restituirlo. El pueblo afirmó que no había hecho vez alguna tal cosa.
Después de haber rendido su informe, Samuel les amonestó nuevamente acerca de haber pedido rey, recordándoles la historia de Israel. De aquí vemos que Samuel está auténticamente preocupado porque el pueblo reconozca sus pecados. Él les anuncia que pedirá a Dios que se manifieste con fuerza, por medio de lluvia y truenos sobre los campos de trigo, para que entiendan lo grave que es la maldad que hicieron al pedir un rey.
Debemos aprender ese amor pastoral de Samuel, que siguió orando por el pueblo, buscando un medio por el cual éste se dé cuenta de su maldad. Así, oro que cada uno de los líderes de esta reunión tengamos la sabiduría para mostrar claramente, con la palabra de Dios, la maldad que cometen a los hombres y mujeres, con el propósito de que se arrepientan y vengan a Dios.
Cuando ellos se arrepintieron, Samuel les dio esta promesa de Dios. Leamos los versículos 20 al 22, desde NO TEMÁIS; “No temáis; vosotros habéis hecho todo este mal; pero con todo eso no os apartéis de en pos de Jehová, sino servidle con todo vuestro corazón. No os apartéis en pos de vanidades que no aprovechan ni libran, porque son vanidades. Pues Jehová no desamparará a su pueblo, por su grande nombre; porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo.”
Pero también les dio la siguiente advertencia. Ahora leamos los versículos 24 y 25: “Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros. Mas si perseverareis en hacer mal, vosotros y vuestro rey pereceréis.”
Si perseveramos en el arrepentimiento para perdón de pecados, seguramente aunque hayamos hecho mal, Dios nos hará bien. Pero si perseveramos en hacer maldad, y en añadir pecado a nuestro pecado, podemos tener la seguridad de que sufriremos las consecuencias de nuestros pecados.
Dios obtuvo el trono de mi corazón.
Desde que era niña, luché como muchos por el amor de mis padres. Cuando ellos se separaron, sufrí porque ya no encontraba la estabilidad del amor de familia que obtenía, y empecé a buscar el amor de los muchachos. Me volví una “rogona” de lo más vil, al punto de que un muchacho que me gustaba abrazaba a otra muchacha delante de mí, para que yo me decepcionara, pero no lo conseguía. Me super-aferraba a conseguir el amor de los hombres, hasta que cedían.
Recuerdo que lloraba mucho por frustración, por celos, por el deseo de tenerlos a mi lado, luego todos los días andaba melancólica; me aferraba de tal manera, que un día tenían que decir que sí.
Pero luego, la relación con ellos se volvía tormentosa. Llena de incomprensión, de envidias, celos, bueno… para que recordar tantas cosas…
Pero la última relación fue la peor. Caí en la más baja denigración que jamás hubiera pensado vivir. Ahora sin “rogar”, sino que aparentemente “sólo se dieron las cosas”, y terminé relacionada con un hombre que no estaba interesado en tener una pareja formal, rebajándome a su amante por 3 años, y él me pedía, como dice la canción, que delante de los compañeros de la escuela “no me mires, no suspires, no me llames, aunque me ames”. Cuando nuestros caminos estaban por separarse, al egresar de la licenciatura, para él fue sencillo buscar una relación con otra persona que cumpliera sus expectativas y dejarme a mí.
Entonces tuve el dolor más fuerte que he experimentado en toda mi vida: un quebrantamiento verdadero de mi corazón. Me di cuenta que el mundo no había nada sólido, que todo, como dice Eclesiastés, “es vanidad y aflicción de espíritu”. Lloraba casi sin respirar, con una aflicción tan grande como no había llorado. En medio del dolor, sólo pedí a Dios que me diera un poco de consuelo, porque sentía como si ese día fuese a morir, por causa de tanto dolor.
Media hora después ya estaba estudiando la biblia con la madre de fe que Dios me dio, Pastora Keren, y ese día fue el más extraño e importante de mi vida: el día de mi llamamiento. Dios no sólo me dio consuelo, sino una vida nueva.
Lo que quiero mostrar es que cuando quitamos del TRONO DE CENTRO DE NUESTRO CORAZÓN AL Único Dios verdadero, Al Amoroso, Al Misericordioso, Al Poderoso, Al Salvador de nuestras vidas, y ponemos otros dioses, otros reyes, éstos se vuelven contra nosotros, causando grandes desastres en nuestra vida.
Pero no importa qué tan bajo hayamos caído en nuestra vida, o lo dura que parezca la situación, si nos arrepentimos, y venimos a habitar al Abrigo del Altísimo, moraremos bajo la sombra del Omnipotente. Sal 91:1
Oro que el Dios de toda gracia, paciencia y misericordia nos perdone a los pecadores que hemos permitido que otras cosas y deseos ocupen el lugar más importante en nuestras vidas, quitándole el primer lugar, el dominio y el reinado.
Oro que el pueblo de UBF Guadalajara, tenga un Único Rey, nuestro Dios Creador, permaneciendo fiel al Dios todopoderoso, escuchando y obedeciendo su palabra, y llevando la promesa de salvación a otros, siendo el “reino de sacerdotes y gente santa para todos los pueblos de Latinoamérica y todos los pueblos de la Tierra”. Amén. Vamos a orar.
[Escrito por: P. Teresa Loza]
Academia de Samuel